
– Ponme con Juan Hernández -se escuchó decir de nuevo.
– Señor…
– ¡Ponme, hostias!
– … no hay línea, señor…
El comandante reparó en que aquel crío no tenía culpa alguna de aquello y volvió a mirar por los prismáticos. Es difícil aceptar que alguien va a encontrarse de frente con un tren en marcha, avisarle para que salve la vida y sentir que te ignora, que va a una muerte segura. Cuaresma, mientras veía cómo sus hombres avanzaban penosamente sobre la nieve, recordó la cadena de sucesos que le habían llevado a aquella situación. Todo por aquel búnker. El objetivo, al que el Estado Mayor había dado el nombre en clave de «cota 344», aparecía al fondo, silueteado sobre la nieve y con la luna al fondo. Una pequeña zona alomada en la que los fascistas habían creado una suerte de inmensa fortificación que cerraba el paso al avance republicano. Las órdenes del Estado Mayor eran rotundas: tenían que tomar la cota antes de que transcurrieran veinticuatro horas. Los ánimos de la tropa estaban caldeados. Demasiado quizá. Por la brutalidad de aquellos malditos fascistas. La avanzadilla que había enviado por delante, unos ocho hombres, había sido sorprendida por un batallón integrado por moros. Cuaresma sabía cuánto les temían sus hombres, pues se comportaban como bestias, auténticos salvajes que actuaban de forma ruda, brutal e inhumana. Peor incluso que aquellos fanáticos requetés que tanto impresionaban por su conocido fanatismo.
