
Curiosamente, allí no había demasiada vigilancia. ¡Quién lo diría! Aquello le llamó mucho la atención. Apenas un par de docenas de guardias y un pequeño destacamento de la Guardia Civil con unos pocos agentes que se encargaban de patrullar por el monte. Había tres destacamentos de presos y no existía demasiada comunicación entre ellos. Al menos para los penados, claro.
El destacamento de Tornell y Berruezo construía la carretera de acceso a lo que iba a ser el gran monumento del franquismo. Era conocido por todos como «Carretera». Era, posiblemente, el de obreros menos cualificados y resultaba de gran dureza pues se dedicaban a desmontar terraplenes y moler la piedra a pico y pala para obtener grava. De mecanización, nada. Bastardos. Les explotaban inmisericordemente. Para eso estaban ellos, los esclavos. Los parias de la Nueva España, los derrotados. Un rojo no valía en aquellos días ni lo que un perro. Cuántos habían caído en las duras jornadas que siguieron al fin de la guerra…
Tornell trabajaba para la empresa de los hermanos Banús, aunque tenía que reconocer que allí, al menos, no vivía uno con la inseguridad de la sentencia -estaban ya todos sentenciados- ni de que hubiera sacas para fusilamientos. Parecía como si eso nunca hubiera ocurrido. Como si fuera cosa del pasado, de los primeros días tras la guerra: aquellos pasos en mitad de la noche, el ruido de rejas chirriando, la incertidumbre, puertas que se abrían y una voz ruda y marcial dictando una lista de nombres de los compañeros que ya no volverían. Tampoco aparecían por allí curas a adoctrinarles continuamente como ocurría en otros campos y eso se agradecía. Allí, lo prioritario era acabar el trabajo cuanto antes, por lo que sus carceleros no perdían el tiempo en monsergas.
