En aquellos días comenzaba a refrescar por las noches. De hecho, le habían dicho que el invierno era tremendamente duro allí. No le importaba. Había estado en el infierno y no pensaba volver. Cuelgamuros no podía ser, ni de lejos, peor que los lugares por los que había pasado en aquellos seis años de cautiverio. Tornell había comprobado cómo las gastaban los vencedores y no quería desaprovechar aquella oportunidad de recomponerse, de sobrevivir, de volver a sentirse un ser humano y salir libre algún día. Después de un mes en el que, poco a poco, había ido gastando la miseria que ahorraba en comer algo decente para mejorar su condición física, se permitió al fin un pequeño dispendio: una libreta que le llevó uno de los camioneros desde el pueblo. En ella decidió comenzar un diario que escribía a oscuras, junto a la ventana del albergue y aprovechando la escasa luz que, a malas penas, entraba en aquel habitáculo inmundo en el que malvivían: un barracón de madera con el techo de zinc, el suelo de tierra y en el que dormían hacinados cincuenta hombres. En realidad, aunque resultara difícil de creer, aquel lugar era mucho mejor que aquellos por los que había pasado y que su mente pretendía olvidar. Aquella residencia, a la que sólo acudían para dormir, estaba formada por dos filas de camastros sobre el piso de tierra que apenas dejaban paso a un estrecho pasillo central. Una cochiquera. Pero a la noche, a pesar de los ruidos que sonaban a humanidad, las ventosidades, el olor a pies, a sudor, las toses… Tornell se sentía a salvo. Sí, a salvo, lejos de Ocaña, de Albatera, de los Almendros… De tantos lugares por los que pasó y en los que había ido muriendo poco a poco, perdiendo la dignidad a la que debe tener derecho todo ser humano. Ahora miraba hacia delante. Estaba decidido a hacerlo, por primera vez en mucho tiempo comenzaba a creer que podía sobrevivir a aquella maldita guerra. Había vivido muchos años esperando el desenlace que aparecía ante él como inevitable, como la res que espera se la sacrifique al fin, en el matadero, para dejar de sufrir.



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