
– Por misericordia… -empezó a decir, pero la mujer alzó una mano para imponer silencio.
– ¿Misericordia? ¿Por qué esperáis misericordia, sacerdote? -preguntó con voz autoritaria-. Yo ya sufro bastante teniendo misericordia por otros que la merecen más que vos.
– Yo no soy responsable de vuestro sufrimiento -se lamentó el joven para defenderse.
La mujer soltó una aguda carcajada, que incluso llevó a los perros a volver las cabezas un momento por la inesperada discordancia.
– ¿Acaso no sois sacerdote de la fe de Cristo? -preguntó con sorna.
– Soy servidor de la fe verdadera -asintió el joven casi con desafío.
– Entonces no merecéis que muestre misericordia por vos -respondió ella con acritud-. En pie, sacerdote de Cristo. ¿O acaso deseáis iniciar el viaje al Otro Mundo decúbito? Para mí, es indiferente.
– Misericordia, señora. Dejadme partir en paz de estas tierras y, lo juro, jamás volveréis a ver mi rostro.
El joven se puso en pie con esfuerzo, y se habría abalanzado al estribo para suplicarle a sus pies, de no habérselo impedido la fiereza de los perros.
– Por el sol y la luna -dijo la mujer con cinismo-, ¡casi me convencéis de no arrastraros por el lodo! ¡Basta! Nada alienta tanto el mal como la misericordia. ¡Atadlo!
La última orden iba dirigida a los cazadores. Uno de ellos dio la correa de su perro a otro, sacó un cuchillo que parecía un puñal y se acercó al grupo de endrinos más próximo para cortar un palo resistente de un metro y medio de largo. Regresó, cogiendo la cuerda que llevaba en bandolera, e hizo una señal al joven para que avanzara unos pasos. Éste obedeció a regañadientes. El cazador colocó el palo en la espalda del joven, entre los codos, y le puso los brazos de forma que quedaron dolorosamente atados a una suerte de cabestro.
La mujer contempló la escena con aprobación. Cuando le hubieron atado una soga en torno al cuello, cuyo extremo sostenía el cazador, la mujer asintió con satisfacción. Alzó la vista para mirar al cielo y luego volvió a mirar a los hombres que tenía delante. Al calmarse la excitación de la caza, los perros se habían tranquilizado.
