
Era una mujer joven. Un casco de bronce bruñido le cubría la cabeza y, tanto se ajustaba a ésta, que no asomaba ningún mechón. Una fina espiral de plata ascendía rodeando el casco hasta el centro, rematado con una reluciente piedra semipreciosa.
No llevaba más joyas aparte de aquel aro de plata. Ninguna capa la engalanaba tampoco, y por atavío sólo llevaba un sencillo vestido de hilo de color azafrán, ceñido a la cintura por una gruesa y masculina correa de cuero, a la que iba sujeta una pequeña bolsa de piel. Del lado derecho colgaba una vaina con un cuchillo ornamentado, y del izquierdo, otra, de la que asomaba la empuñadura labrada de una espada.
Su rostro era ligeramente redondo, casi con forma de corazón, e incluso atractivo. La piel era extremadamente blanca, aunque las mejillas mostraban cierto rubor; sus labios, bien perfilados, eran algo pálidos. Tenía los ojos fríos y deslumbrantes como el hielo. Una mirada fugaz podría ver en ella a una mujer joven de belleza candida, pero con una segunda mirada la atención se fijaría en la dureza de la boca y el curioso brillo amenazador de unos ojos insondables. Torció un poco la comisura de los labios al ver a los cazadores y a los perros intimidando al joven caído.
El jefe de los cazadores lanzó una mirada por encima de su hombro y sonrió con satisfacción cuando la mujer se aproximó a caballo.
– Lo hemos cogido, señora -gritó, ufano, afirmando lo evidente.
– Ya lo veo -asintió la mujer de un modo casi agradable, que escondía en la voz un tono más amenazador.
El joven había recobrado el aliento, y con la mano derecha giraba nerviosamente el crucifijo que llevaba al cuello.
