Siempre había tenido una voz fina y un poco aguda. Era el único defecto que había podido encontrarle, a menos que tuviese en cuenta lo baja que era (medía como mucho metro sesenta y cinco). Así que nunca resultaba demasiado expresiva. Pero él oía su grito contenido.

Le dio la bebida.

—De un trago —dijo—. Todo.

Ella obedeció, un poco reacia. El volvió a llenarle el vaso y añadió soda a su escocés. Luego acercó una silla y sacó tabaco y una pipa de las profundidades de su chaqueta apolillada. Todavía le temblaban las manos, pero tan ligeramente que no creyó que ella se diese cuenta. Había sido inteligente por su parte no soltarle las noticias que traía; los dos necesitaban la oportunidad de recobrar el control.

Ahora incluso se atrevió a mirarla directamente. No había cambiado. El vestido negro destacaba de una forma delicada su figura casi perfecta.

El cabello, dorado como el sol, le caía sobre los hombros; sus ojos eran azules y enormes bajo las cejas arqueadas y mantenía la cara ligeramente inclinada con los labios siempre ligeramente entreabiertos. No llevaba suficiente maquillaje como para que él supiese si había llorado hacía poco. Pero parecía al borde de las lágrimas.

Everard se ocupó de llenar la pipa.

—Vale, Cyn —dijo—. ¿Quieres contármelo?

Ella se estremeció. Al final empezó:

—Keith. Ha desaparecido.

—¿Eh? —Everard se sentó recto—. ¿En una misión?

—Sí. ¿Cómo si no? En el antiguo Irán. Fue allí y no ha regresado. Eso fue hace una semana. —Posó el vaso en el brazo del sillón y se retorció los dedos—. La Patrulla buscó, claro. Acabo de conocer hoy los resultados. No son capaces de encontrarlo. Ni siquiera saben qué le ha pasado.



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