
—Judas —susurró Everard.
—Keith siempre… siempre te consideró su mejor amigo —dijo frenética—. No creerías lo mucho que hablaba de ti. En serio, Manse, sé que parece como si te hubiésemos dejado de lado, pero nunca parecías estar…
—Claro —dijo—. ¿Hasta qué punto me consideras infantil? Estaba ocupado. Y después de todo, erais recién casados.
Después de que yo os presentase, aquella noche al pie del Mauna Loa y bajo la luna. La Patrulla del Tiempo no es en absoluto esnob. Una joven como Cynthia Cunningham, una simple oficinista recién salida de la Academia y asignada a su propio siglo, tiene total libertad para ver aun veterano… como yo, por ejemplo… tantas veces como ambos quieran, fuera de servicio. No hay razón para que él no emplee sus habilidades con el disfraz para llevarla a bailar un vals a la Viena de Strauss o al teatro en el Londres de Shakespeare… así como para explorar pequeños bares en el Nueva York de Tom Lehrer o jugar al corre que te pillo bajo el sol y las olas de Hawai mil años antes de que llegasen los hombres de las canoas. Y un compañero de la Patrulla también tiene total libertad para unirse a ellos. Y mas tarde casarse con ella. Claro.
Everard encendió la pipa. Cuando tuvo el rostro oculto por el humo, dijo:
—Empieza por el principio. He estado alejado de vosotros durante… dos o tres años de mi propia línea vital… así que no sé con seguridad en qué trabajaba Keith.
—¿Tanto tiempo? —preguntó ella inquisitiva—. ¿Nunca pasabas tus permisos en esta década? Queríamos que vinieses a visitarnos.
—¡Deja de disculparte! —le respondió él—. Me hubiese dejado ver si hubiese querido. —Fue como si le abofeteara el rostro delicado. Se disculpó, contrito—. Lo siento. Naturalmente que quería visitaros. Pero como te dije… los agentes No asignados estamos tan ocupados, saltando por el espacio-tiempo como pulgas en una plancha… Oh, demonios. —Intentó sonreír—. Ya me conoces, Cyn, no tengo tacto, pero eso no significa nada. Yo sólito di vida a una leyenda quimérica en la Grecia clásica. Se me conocía como el dilaiopod, un extraño monstruo con dos pies izquierdos, ambos metidos en la boca.
