Pero lo que empeoraba aún más su situación era que el asesino había intentado ocultar el crimen sumergiendo los dos cadáveres en el embalse de Hollywood. Allí se quedaron durante cuatro días antes de aparecer en la superficie como manzanas en un tonel de feria; manzanas podridas. La idea de cadáveres en descomposición en el embalse que constituía el principal suministro de agua potable de la ciudad provocó una arcada colectiva en las entrañas de la comunidad. Cuando los registros telefónicos relacionaron a Woodson con las víctimas y detuvieron a mi cliente, la indignación que la opinión pública dirigió contra él era casi palpable. La oficina del fiscal del distrito anunció prestamente que solicitaría la pena capital.

El caso contra Woodson, no obstante, no era tan palpable. Estaba construido básicamente sobre pruebas circunstanciales -los registros telefónicos- y el testimonio de testigos que eran ellos mismos delincuentes. El testigo de la fiscalía Ronald Torrance era el más destacado de este grupo. Aseguraba que Woodson le había confesado los crímenes.

Torrance se había alojado en la misma planta de la prisión central que Woodson. Ambos hombres permanecían confinados en un módulo de alta seguridad que contenía dieciséis celdas individuales en dos hileras superpuestas que daban a una sala comunitaria. En ese momento, los dieciséis reclusos del módulo eran negros, siguiendo el rutinario aunque cuestionable procedimiento carcelario de «segregación por seguridad», lo cual conllevaba dividir a los reclusos según la raza y la afiliación de bandas para evitar confrontaciones y violencia. Torrance se hallaba en espera de juicio por robo y agresión con agravantes como resultado de su participación en el saqueo durante los disturbios. Entre las seis de la mañana y las seis de la tarde, los detenidos en máxima seguridad tenían acceso a la sala comunitaria, donde comían, jugaban a las cartas en las mesas e interactuaban bajo la mirada vigilante de los guardias situados en una garita de cristal elevada. Según Torrance, fue en una de esas mesas donde mi cliente le había confesado que había matado a los dos chicos del Westside.



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