
– Señor Haller, gracias por venir -dijo-. Me alegro de que su secretaria lo haya encontrado por fin.
Había un tono impaciente si no imperioso en su voz.
– La verdad es que no es mi secretaria, señoría. Pero me encontró. Siento haber tardado tanto.
– Bueno, aquí está. Me parece que no nos hemos conocido antes, ¿no?
– Creo que no.
– Bueno, esto traicionará mi edad, pero lo cierto es que me opuse a su padre en un juicio en una ocasión. Fue uno de sus últimos casos, si no recuerdo mal.
Tuve que reajustar mi cálculo de su edad. Tendría al menos sesenta si había estado en un tribunal con mi padre.
– En realidad era la tercera fiscal del caso, acababa de salir de la facultad de derecho de la Universidad del Sur de California, completamente verde. Estaban tratando de darme cierta experiencia en juicios, era un caso de homicidio y me dejaron ocuparme de un testigo. Me preparé una semana para mi interrogatorio directo y su padre destrozó al hombre en el contrainterrogatorio en diez minutos. Ganamos el caso, pero nunca olvidé la lección. Hay que estar preparado para cualquier cosa.
Asentí. A lo largo de los años había conocido a muchos abogados mayores que compartían conmigo anécdotas de Mickey Haller Sénior. Yo tenía pocas historias propias. Antes de que pudiera preguntarle a la juez respecto al caso en el cual lo había conocido, ella siguió adelante.
– Pero no es por eso por lo que lo he llamado -dijo.
– Lo supongo, señoría. Me daba la sensación de que tenía algo… bastante urgente.
