
La sala del tribunal estaba oscura y el puesto de la secretaria junto al estrado del juez se hallaba vacío. Pasé por la cancela, y me estaba dirigiendo hacia la puerta que daba al pasillo de atrás cuando abrí y entró la secretaria. Michaela Gilí era una mujer de aspecto agradable que me recordaba a mi profesora de tercer grado. No esperaba encontrarse a un hombre acercándose al otro lado de la puerta cuando la abrió, así que se sobresaltó y casi soltó un grito. Me identifiqué rápidamente antes de que pudiera correr a pulsar el botón de alarma situado en el estrado del juez. Michaela Gilí recuperó el aliento y me hizo pasar sin más demora.
Recorrí el pasillo y encontré a la juez sola en su despacho, trabajando tras un inmenso escritorio de madera oscura. Su toga negra estaba colgada de un perchero en el rincón, a iba vestida con un traje granate de corte tradicional. Tenía unos cincuenta y cinco años y su aspecto era atractivo y arreglado. Era delgada y llevaba el pelo castaño recogido en un moño formal.
No había visto antes a la juez Holder, pero había oído hablar de ella.
