
– Señor Torrance, me llamo Michael Haller. Soy abogado del turno de oficio y represento a Barnett Woodson. ¿Nos hemos visto antes?
– No, señor.
– No lo creo. Pero usted y el acusado, el señor Woodson, se conocen desde hace mucho, ¿verdad?
Torrance esbozó una sonrisa retraída, pero yo había hecho los deberes con él y sabía exactamente con quién estaba tratando. El testigo tenía treinta y dos años y había pasado un tercio de su vida en prisión preventiva o cumpliendo condena. Su formación había terminado en cuarto grado, cuando dejó de ir a la escuela y ningún padre pareció notarlo o preocuparse. Según la ley de reincidencia del estado de California, se enfrentaba al premio especial a toda la trayectoria profesional si se le condenaba por los cargos de haber robado y golpeado con una papelera metálica a la encargada de una lavandería de autoservicio. El delito se había cometido durante los tres días de disturbios y saqueos que desgarraron la ciudad después de que se anunciaran veredictos de inocencia en el juicio de los cuatro agentes de policía acusados de uso excesivo de la fuerza contra Rodney King, un automovilista negro al que pararon por conducir erráticamente. En resumen, Torrance tenía buenas razones para ayudar a la fiscalía a acabar con Barnett Woodson.
– Bueno, desde hace unos meses -dijo Torrance-. En máxima seguridad.
– Ha dicho máxima seguridad -pregunté haciéndome el tonto-. ¿A qué se refiere?
– Al módulo de máxima seguridad. En el condado. -Entonces está hablando de la prisión, ¿verdad? -Exacto.
– Así pues, ¿me está diciendo que no conocía a Barnett Woodson antes?
Formulé la pregunta con sorpresa en la voz.
– No, señor. Nos conocimos en prisión.
Tomé un apunte en una libreta como si se tratara de una importante confesión.
– Veamos, hagamos cuentas, señor Torrance. Barnett Woodson fue trasladado al módulo de alta seguridad donde usted ya residía desde el mes de septiembre de este año. ¿Lo recuerda?
