
– Sí, recuerdo que vino, sí.
– ¿Y por qué estaba usted en máxima seguridad?
Vincent se levantó y protestó, argumentando que me estaba adentrando por un camino que él ya había pisado en su interrogatorio directo. Argumenté que estaba buscando una explicación más amplia del encarcelamiento de Torrance, y el juez Companioni me dio cuerda. Pidió a Torrance que respondiera a la pregunta.
– Como he dicho, estoy acusado de un cargo de agresión y uno de robo.
– Y estos supuestos crímenes se cometieron durante los disturbios, ¿es correcto?
Dado el clima antipolicial que impregnaba las comunidades minoritarias de la ciudad desde los disturbios, había batallado durante la selección del jurado para conseguir el máximo número de negros y latinos en la tribuna. Pero allí tenía una oportunidad de ganarme a los cinco miembros blancos del jurado que la acusación había conseguido colarme. Quería que supieran que el hombre en el que el fiscal había depositado tanta confianza era uno de los responsables de las imágenes que habían visto en su televisión en mayo.
– Sí, estaba en la calle como todo el mundo -respondió Torrance-. Digo yo que los polis se salen con la suya demasiado en esta ciudad.
Asentí con la cabeza como si estuviera de acuerdo.
– Y su respuesta a la injusticia de los veredictos en el caso de apaleamiento de Rodney King fue salir a la calle, robar a una mujer de sesenta y dos años y dejarla inconsciente con una papelera de acero. ¿Es correcto, caballero?
Torrance miró a la mesa de la acusación y luego más allá de Vincent a su propio abogado, sentado en la primera fila de la galería del público. Tanto si habían preparado una respuesta para esta pregunta como si no, su equipo legal no podía ayudar a Torrance en ese momento. Estaba solo.
– Yo no hice eso -contestó finalmente.
– ¿Es usted inocente del crimen que se le imputa?
