Pavlysh se abrió paso a través de la densa muchedumbre de arlequines y gnomos que no cabían en la sala. Del blanco techo del túnel pendían sartas de farolillos y guirnaldas de flores de papel. En el tablado, la orquesta afinaba ya sus instrumentos. Los desacordes sonidos rodaban por el vacío pasillo. Las guirnaldas de flores de papel temblequeaban al compás de la batería. Pasaron dos gitanas, envueltas en sus mantones.

— No tuviste en cuenta el factor aniquilación — dijo, severa, la del mantón negro con flores rojas.

— ¿Cómo te atreves a reprocharme eso? — replicó, indignada, la del mantón rojo con pepinillos verdes.

El gordinflón que había dirigido a los que movían el piano dio alcance a Pavlysh y le dijo:

— Galagan, tú respondes de todo.

— ¿De qué? — preguntó Pavlysh.

— ¡Spiro! — gritó desde el tablado el saxofón —. ¿Por qué no han conectado el micrófono? Gueli no puede cantar sin el.

Pavlysh sintió deseos de fumar. Llegó por la escalera a la primera planta y descendió un tramo más. En el rellano había un pequeño diván, y sobre el, en un nicho, el aparato de ventilación que absorbía el humo del tabaco. En el diván estaba sentada Cenicienta, con sus zapatitos de cristal y lloraba amargamente. Le habían dado un disgusto tremendo; no habían querido llevarla al baile.

Que una persona llore no significa que haya que consolarla de buenas a primeras. Eso de llorar es asunto muy personal.

— Buenas — dijo Pavlysh —. Vengo de palacio. El príncipe la busca por todas partes.

En el rellano reinaba la penumbra: la lámpara, que parecía una antigua farola, no ardía. La joven quedo inmóvil y se calló, como si esperara que Pavlysh se marchase.

— Si la han ultrajado las malignas hermanas y la madrastra — Pavlysh se había embalado y no podía ya detenerse —, bastará con que pronuncie usted una palabra o haga una leve inclinación de su cabeza, para que las enviemos inmediatamente a la Tierra. En la Luna no tienen cabida ni las personas malas ni los calumniadores.



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