
— No me ha ultrajado nadie — contestó la joven, sin volver la cabeza.
— En tal caso, regrese a palacio — dijo Pavlysh — y confiéselo todo al príncipe.
— ¿Qué debo confesarle? — preguntó inesperadamente la joven.
— Que es la prometida de un pobre, pero honrado pastor y no necesita ni un palacio de diamante ni alcobas revestidas de seda…
— ¿Está de mal humor? — preguntó la chica.
Claro que hubiera podido preguntar cualquier cosa e incluso exigir que el húsar la dejara en paz y se largase de allí. No obstante, la pregunta fue inesperada.
— Me siento alegre y estoy satisfecho de vivir — dijo Pavlysh.
— Si es así, ¿Por qué ha entablado conversación conmigo?
— Me dolió verla sola aquí, cuando en la sala pronuncian discursos y la orquesta afina ya sus instrumentos. ¿Se puede fumar aquí?
— Fume — respondió la chica en una voz tan impasible y serena como si no hubiese llorado.
Pavlysh se sentó en el diván y sacó el encendedor. Sintió el deseo de verle la cara a la joven. Tenía una voz extraña, sorda, pobre en entonaciones, pero, al mismo tiempo, en ella vibraba algo, como si pudiera ser otra y la chica la contuviera adrede para que sonase apagadamente. Pavlysh chasqueó el encendedor de modo que la llamita brotara entre él y la chica. Por un segundo se iluminó su perfil: la mejilla, el ojo y el lóbulo de la oreja, que asomaba de la peluca blanca.
La chica tendió la mano y encendió aquella lámpara que semejaba una farola del alumbrado publico.
— Si tiene tanto interés por verme — dijo —, ¿qué necesidad hay de esas argucias? Con mayor razón, cuando el encendedor apenas si da luz.
Se volvió hacia Pavlysh y lo miro sin sonreír, como una niña que estuviese posando ante un fotógrafo y esperara que de un momento a otro saliera del objetivo un pajarito. Su cata era ancha, pomulosa, de grandes ojos rasgados que hubieran debido ser negros, pero eran gris claro. Sus abultados labios, casi negroides, parecían prestos a sonreír, las comisuras curvadas hacia arriba. Se le había ladeado un poco la peluca blanca con una diadema, y de ella asomaba un mechón de cabellos negros.
