— Dentro de treinta minutos.

— Entonces, le mostraremos el acuario y regresaremos en seguida. Escuchar a Dimov es muy interesante, pero no soporta la falta de puntualidad.

— Es extraño — observó Pavlysh —, aquí se habla de Dimov como si fuese un autócrata, cuando produce la impresión de ser una persona muy blanda y delicada.

— Con nosotros hay que mostrarse autócrata obligatoriamente, aunque sea con guantes de cabritilla. Yo, en lugar de Dimov, habría escapado ya de esta taifa de intelectuales. Hay que poseer un aguante increíble.

— Erico se equivoca otra vez — observo Sandra, a quien parecía agradar el poner en tela de juicio todas las opiniones de Ierijonski —. Dimov es, en efecto, una persona simpatiquísima y blanda, pero nosotros comprendemos que a él pertenece siempre la última palabra. No tiene derecho a equivocarse, ya que, si se equivoca, puede suceder algo muy malo. Aquí no hay vida tranquila. Todo eso son figuraciones de Ierijonski.

Terminó el pozo. Pavlysh permaneció unos segundos reclinado en la pared, esforzándose por sobreponerse al mareo. Ierijonski se dio cuenta y le dijo:

— Procuramos movernos todo lo posible. En el trabajo no nos desplazamos de acá para allá…

— Según quien — dijo Sandra, hacia quien Pavlysh había ya vuelto la cabeza, esperando una nueva objeción —. Yo he de moverme mucho, y otros, también.

— Yo no hablo de vuestro grupo — explico Ierijonski —. Vuestro grupo es otra cosa.

— ¿Y Marina Kim? — preguntó Sandra.

A Pavlysh le dio un vuelco el corazón. Por primera vez, aquel nombre había sido pronunciado allí con toda sencillez y naturalidad, como el de Dimov o el de Van. Por lo menos, podía abrigar ya la seguridad de que Marina se encontraba allí y había de moverse. De aquellas palabras se desprendía, además, que no pertenecía al grupo de Sandra. Pero se hallaba en la Estación, cerca, y quizás en aquel mismo instante Van le estuviera entregando la carta de la Tierra.



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