
— Pavlysh, ¿me oye?
Dimov se hallaba al lado.
— Ahora debo marcharme, pero, cuando regrese, le dedicaré media hora, para preguntas y respuestas. Adivino que, por ahora, no tiene ninguna pregunta que hacerme. Le aconsejo que acompañe a Sandra. Va abajo, a la estación marina.
— Yo me sumo — dijo Ierijonski. Luego se volvió hacia sus colegas y agrego —: Algunos, en vez de reintegrarse a sus puestos de trabajo, se acercan con fines egoístas a nuestro visitante. Responderé por él. No es de la Tierra. Sabe menos que nosotros de lo que sucede allí, no practica el deporte y no colecciona sellos. Es una persona poco interesante y poco enterada. Todo lo demás lo sabrán por el durante la cena.
Una vez que hubo dado fin a su monólogo, deslizó al oído de Pavlysh:
— Es por su propio bien, colega. Lejos del terruño, la gente se vuelve charlatana.
Mientras caminaban por un largo túnel inclinado, al que daban luz las escasas lámparas del techo, desarrolló su pensamiento:
— Si nuestro trabajo fuera intenso, si nos acecharan peligros a cada paso, no advertiríamos el correr del tiempo. Pero el trabajo es monótono, en los laboratorios no abundan las distracciones… Y por eso nos atrae la gente nueva.
— No estás del todo en lo cierto, Erico — dijo Sandra —. Es arriba donde reina la tranquilidad. Otros tienen un trabajo distinto.
La escalera de caracol que empezaban a bajar giraba en torno a un poste vertical, en el que se hallaba el ascensor. Pero prefirieron ir a pie.
— Soy un filosofo de tres al cuarto — continuo Ierijonski —. Debo decide, colega, que las circunstancias de mi trabajo inducen a pensar en abstracto. El carácter, aparentemente prosaico, de nuestra vida presente oculta la presión de futuros cataclismos y torbellinos. Pero, repito, todo eso lo percibimos tan solo como el fondo, y a todo fondo, incluso al más exótico, se habitúa uno muy pronto. Si, Sandra ha dicho que la vida de otros no es aquí tan tranquila. Tal vez… ¿A que hora lo espera Dimov?
