De un lado, de una portilla que Pavlysh no veía, había aparecido Sandra. Vestía un ligero equipo de goma, aletas y grandes gafas. No veía los tiburones, y Pavlysh temió por ella. La joven nadó directamente hacia un tiburón.

— ¡Sandra! — gritó Pavlysh, precipitándose hacia el cristal.

El tiburón menor dio la vuelta con gracioso movimiento y se dirigió hacia Sandra. La elegancia de su movimiento denotaba una terrible fuerza primitiva.

— ¡Sandra!

— Tranquilízate — dijo Ierijonski, de cuya presencia Pavlysh se había olvidado por completo —. A mi también me da miedo a veces.

El tiburón y Sandra nadaban uno al lado del otro. Sandra decía algo al pez. Pavlysh habría jurado que le había visto abrir la boca. Luego Sandra ascendió un poco y se tendió en el lomo del tiburón, asiéndose a una aguda aleta, y el pez se deslizo inmediatamente a lo hondo. El otro escualo lo siguió.

Pavlysh se dio cuenta de que se hallaba en una postura incomoda, con la frente casi pegada al cristal. Se pasó la mano por la sien: se le había antojado que tenía el pelo revuelto. No era así. En fin de cuentas, todo lo que había visto era verosímil: allí amaestraban animales marinos.

Pavlysh no sabía cuanto tiempo había transcurrido ya. Se volvió para preguntar a Ierijonski que significaba todo aquello. Pero el médico no estaba allí.

Pavlysh recordó que no había convenido con Dimov el lugar en que deberían encontrarse…

Subió arriba en el ascensor y dio sin dificultad con la espaciosa sala de los retratos. Pero allí no había nadie. Entonces retornó a su cuarto, pues suponía que lo más fácil para Dimov sería buscarlo allí.

La pieza estaba también vacía. Pavlysh se acercó al retrato de Marina. Ella miraba por encima de su cabeza, como si viera detrás algo muy interesante.



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