
«Van — decía —, ¿como se llama ese hombre que llego hace poco?
Si se llama Pavlysh, no le hables de mi. Marina».
Pavlysh quedó de una pieza, la esquela en la mano. Marina no quería verlo. ¿Estaría enfadada con él? Pero ¿por qué? ¿Cómo debería conducirse en adelante? Sabía que Marina estaba allí…
— Vaya, aquí esta — dijo Dimov —. Hizo bien en volver al cuarto. Lo encontré enseguida. ¿Qué, estuvo abajo?
— Si — respondió Pavlysh. Debía dejar la esquela en su sitio, y dio un paso hacia la máquina..
— ¿Ha sucedido algo? — preguntó Dimov —. ¿Está disgustado?
Pavlysh había tendido ya hacia la maquina la mano en que tenía la esquela, pero cambió de parecer. ¿Para qué ocultar nada? Pasó la esquela a Dimov.
— ¡Ah, es su correspondencia particular! — dijo, señalando con la cabeza hacia la máquina —. Usted tomó la nota casualmente porque la máquina empezó a funcionar y creyó que yo lo andaba buscando, ¿sí?
Pavlysh asintió con la cabeza.
— Y al leerla, claro; se disgustó. ¿A quién puede serle grato que no quieran verlo, aún si hay para ello fundamento bastante?
