Se curvaban hacia arriba las comisuras de sus carnosos labios: aquello no era todavía una sonrisa, pero si su comienzo. Habían transcurrido ya más de cuarenta minutos, y Dimov no daba señales de vida. Pavlysh se llegó a la ventana. Tras ella soplaba el viento. La habitación estaba muy silenciosa: el cristal no dejaba pasar el ruido. En el pasillo reinaba también el silencio. Súbitamente se oyó un leve tecleo, como si al lado se hubiese despertado un diligente grillo. Pavlysh miro alrededor. En la punta opuesta del obrador de Van había una máquina de escribir. Funcionaba. El borde del papel apareció sobre el carro y sobresalió de el unos cuantos centímetros, dejando ver una línea ya impresa. La máquina emitió un chasquido, y la esquela, cortada, cayó en el receptor. Pavlysh creyó que tal vez fuera para el. Quizás Dimov lo estuviera buscando y lo citara de tal guisa. Se acerco a la maquina y recogió la nota.


«Van — decía —, ¿como se llama ese hombre que llego hace poco?

Si se llama Pavlysh, no le hables de mi. Marina».


Pavlysh quedó de una pieza, la esquela en la mano. Marina no quería verlo. ¿Estaría enfadada con él? Pero ¿por qué? ¿Cómo debería conducirse en adelante? Sabía que Marina estaba allí…

— Vaya, aquí esta — dijo Dimov —. Hizo bien en volver al cuarto. Lo encontré enseguida. ¿Qué, estuvo abajo?

— Si — respondió Pavlysh. Debía dejar la esquela en su sitio, y dio un paso hacia la máquina..

— ¿Ha sucedido algo? — preguntó Dimov —. ¿Está disgustado?

Pavlysh había tendido ya hacia la maquina la mano en que tenía la esquela, pero cambió de parecer. ¿Para qué ocultar nada? Pasó la esquela a Dimov.

— ¡Ah, es su correspondencia particular! — dijo, señalando con la cabeza hacia la máquina —. Usted tomó la nota casualmente porque la máquina empezó a funcionar y creyó que yo lo andaba buscando, ¿sí?

Pavlysh asintió con la cabeza.

— Y al leerla, claro; se disgustó. ¿A quién puede serle grato que no quieran verlo, aún si hay para ello fundamento bastante?



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