Pavlysh asintió. Recordaba la promesa de no interrumpir.

— La gente quiere volar, y volamos en sueños. La gente quiere nadar como los peces… La humanidad, movida por la envidia, fue haciendo suyas las argucias de los animales. Apareció el aeroplano, que semejaba un pájaro, apareció el submarino, que recordaba un tiburón…

— Creo que la envidia no desempeñó ningún papel en esos descubrimientos.

— No me interrumpa, Pavlysh. Me lo prometió. Quiero, simplemente, hacerle ver que la humanidad seguía un camino equivocado. A nuestros antepasados puede justificarlos el que no tuvieran suficientes conocimientos ni posibilidades para marchar por el camino acertado. El hombre copiaba distintos aspectos de la actividad de los animales, imitando sus formas, pero el mismo quedaba inmutable. En cierta medida, el desarrollo de las ciencias hizo al hombre excesivamente racional. Retrocedió un paso, en comparación con sus antecesores primitivos. ¿Me entiende?

— Sí.

Era interesante, estarían destinadas aquellas conferencias solo a los visitantes o también los que trabajaban en la Estación habían de pasar aquella prueba? ¿Y Marina? ¿Qué ojos tenía? Se decía que, unos años después de la muerte de Maria Estuardo, nadie recordaba el color de sus ojos.

— ¡Pero tal situación no podía prolongarse hasta lo infinito! — casi gritó Dimov. Se había transformado. Su delgadez era consecuencia de su fanatismo. Y Pavlysh pensó que era un fanático con mucha delicadeza —. La medicina alcanzó determinados logros. Se dió comienzo al trasplante de órganos y a la creación de órganos artificiales. En nuestra vida fue creciendo el papel de la genética, de la construcción genética, de las mutaciones dirigidas. La gente aprendió a componer, a restaurar, a construir…



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