No, no es un fanático, se corrigió mentalmente Pavlysh. Es un pedagogo ingénito, a quien las circunstancias han rodeado de gente que lo sabe todo sin necesidad de él y no de sea escuchar sus conferencias, aunque lo aprecie mucho como jefe de la Estación. En los momentos peligrosos, Marina se escurría simplemente de la habitación y volaba a su Cima. Debería recorrer la Estación para ver si había una escalera o un ascensor que llevaría arriba. ¿Y si subía casualmente, si se presentaba casualmente en su laboratorio? Pero… ¿y si ella trabaja también con animales? Sandra con los tiburones, y Marina… ¡Marina con los pájaros!

Pavlysh había quedado pensativo y se perdió unas cuantas frases.

— …la suerte deparo a Guevorkian el papel de aglutinador. El reunió en un todo los ejemplos que acabo de describir. Formuló las tareas, la dirección y los objetivos de la bioformación. Naturalmente, no lo tomaron en serio. Una cosa es introducir pequeños cambios parciales en el cuerpo humano, y otra, su transformación radical. Pero si en el siglo pasado los científicos habían de demostrar durante decenios que los asistía la razón, y los genios que se adelantaban a su época eran reconocidos como tales allá por los ochenta anos, Guevorkian tenía a su disposición la base oceánica de Nairi, donde trabajaban ya doce submarinistas dotados de agallas;

— ¿Sandra es submarinista? — dijo Pavlysh.

— Naturalmente — dijo Dimov, asombrado de que no lo supiera —. ¿No se ha dado cuenta de que tiene una voz especifica?

— Sí, pero no atribuí a eso ninguna importancia.

— Sandra vino aquí hace poco. En tiempos trabajaba en Nairi. Pero de nuevo me interrumpe, Pavlysh. Le estaba hablando de Guevorkian. Resultaba una paradoja. Necesitamos hombres-peces. Dotamos de agallas a los submarinistas, para quienes en el océano hay muchísimo trabajo.



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