
— Me imagino que le habrá usted puesto la cabeza como un tambor — dijo Ierijonski —. Pavlysh conoce ya a Stas.
— ¿Cómo es eso? — exclamo, asombrado, Pavlysh.
— Lo vio usted abajo, cuando fuimos son Sandra al acuario.
— No — dijo Pavlysh —, yo no vi allí a Fere.
— Sandra se fue con él — dijo Ierijonski —. Con él y con Poznanski.
— ¿Los tiburones? — preguntó Pavlysh.
— Si, se parecen a los tiburones.
— ¿Son, entonces, bioformas?
— Fere actuó ya varios meses en los pantanos de Siena. Lo hicieron para trabajar allí. Es aquello un mundo de espanto — dijo Dimov.
— Stas me ha dicho — observo Ierijonski — que aquí se siente como en un balneario. Ni peligros, ni rivales… Es en este océano más fuerte y más veloz que todos.
— ¡Pero eso supone la reconstrucción de todo el organismo!
— Ahora hay en el mundo dos Fere. Uno, aquí, en el océano, y el otro en la Tierra, codificado, célula por célula y molécula por molécula, en la memoria del Centro.
— Bien — dijo Dimov, y se levantó de la butaca —, basta ya de charlar, si no se reunirá aquí, poco a poco, toda la Estación. Siempre nos alegra no trabajar. Confío en que ahora tendrá ya usted una idea, a grandes rasgos, de lo que nos ocupa. Quizás cuando la primera impresión se sedimente, comprenda todavía más…
La canoa desatracó del muro de la gruta, y los rayos de luz de las lámparas se deslizaron, reflejándose en las convexas portillas. Inmediatamente, la canoa se sumergió, y tras las portillas se hizo la oscuridad. Van gobernaba los timones, y las luces de los aparatos ponían siniestros reflejos en su cara. La canoa se metió por debajo de la roca que cerraba la entrada a la gruta, navegó cierto tiempo a gran profundidad, fue luego subiendo, y, tras las portillas, el agua adquirió una luz azul marino y, después, verde botella.
