
— Regresó — dijo Dimov —. Se debía retransformarlo, es decir, devolverle su apariencia humana. Todo debía terminar sin novedad. Pero en Kamchatka, por desgracia, empezó la erupción de un volcán y había que volar el tapón que se había formado en la chimenea, había que meterse en el cráter, penetrar en la chimenea y volar el tapón, ¿comprende? Pidieron a nuestro instituto que ayudara. Guevorkian se negó en redondo. Pero Drach oyó casualmente la conversación. Fue y lo hizo todo, pero no logro volver.
— No querría yo ser bioforma — dijo Pavlysh —. A mi parecer, es inhumano.
— ¿Por qué?
— No sabría explicarlo. Lo creo una aberración. El hombre tortuga…
— ¿Donde esta el limite de sus tolerancias, colega? Diga, ¿es inhumano salir al cosmos con una escafandra?
— Eso es ropa que uno puede quitarse.
— El caparazón de la tortuga no se distingue en principio de la escafandra. La única diferencia es que lleva más tiempo despojarse de el. Hoy lo indigna a usted la bioformación, mañana lo indignaran los transplantes de corazón o de hígado, pasado mañana exigirá que se prohíba hacer abortos y empastar las muelas. Todo eso es injerencia en los asuntos de la altísima Providencia.
Ierijonski se dejó ver bajo el dintel de la puerta, muy a propósito, ya que Dimov no había logrado convencer a Pavlysh, pero éste no lograba encontrar argumentos y no quería parecer un retrógrado.
— ¡Mira en donde se han metido! — exclamó Ierijonski —. Iba buscando a Pavlysh. Nos disponemos a ir en canoa al Monte Torcido. Sandra y Stas nos mostrarán la gruta azul. Han salido para allá nadando, llegarán mañana por la mañana. ¿Dejará usted que Pavlysh venga con nosotros?
— No soy quien para mandarle. Que conozca a Stas Fere. Precisamente estábamos hablando de las bioformas. Casi pacíficamente.
