El sol tocaba a su ocaso, calmo, difuminado por las capas de esponjosas nubes que cubrían el astro con su cendal. Solo lejos, a un lado, se amontonaban negros nubarrones que apenas si se alzaban sobre el horizonte. Lo más seguro era que aquello fuese el infierno, que allí se afanaran los Volcanes.

La isla Monte Torcido apareció al cabo de unas tres horas. De la Estación a ella había cerca de quinientos kilómetros. Era un torcido monte que, al parecer, tratara larga y trabajosamente de salir del océano y hubiera logrado sacar ya del agua un solo hombro. El segundo quedaba sumergido. Por ello la cabeza del monte se inclinaba a un lado, y allí, sobre una profunda fosa, comenzaba un tajo de unos quinientos metros. En cambio, la otra parte de la isla era de dulce pendiente y la enmarcaba un playón salpicado de piedras y de peñascos.

Van imprimió mayor velocidad a la canoa y la hizo despegar de la superficie del agua, pasar por encima de una ancha franja de espumosas olas, que se arremolinaban alrededor de los arrecifes, y amerizar en lugar poco profundo.

Allí donde terminaba la franja del playón y comenzaba la ladera de la montaña había una pequeña cúpula argentada.

— Es nuestra casita — explicó Ierijonski.

Vistieron las caretas. Soplaba un ventarrón que arrastraba punzantes cristales de nieve. Una fina capa de hielo cubría el agua junto a la orilla.

— A la mañana, el hielo tendrá el grosor de un brazo — dijo Van —. Cierto que la salinidad no es aquí muy elevada.

— Ahora, a cenar y a dormir — dijo Pflug.

Saltó el primero a la arena desde la proa de la motora, que salía bastante lejos a la orilla, tendió luego las manos, y Van le paso un cajón con latas. Un frío viento hería las mejillas. Todos, a excepción de Pavlysh, se bajaron las transparentes viseras. Tenía el viento la fuerza y la lozanía de un mundo nuevo.



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