— Se va a helar por falta de costumbre — dijo Ierijonski, y su voz sonó en el casco laringofónico sordamente, como si llegara de lejos.

Van abrió la puerta del refugio. Por dentro soportaba la cúpula un sólido costillar metálico. La casita había sido construida de modo que pudiera resistir lo que fuese.

— En el peor de los casos — comentó Van —, se verá arrojada de la orilla, al mar, y nosotros luego la recogeremos.

Ierijonski conectó la calefacción y dio salida al aire. La casita se calentó muy rápidamente.

Un tabique dividía en dos partes el refugio, en la delantera, la común, había mesas de trabajo, máquinas y aparatos de control. Tras el tabique se hallaban el almacén y el dormitorio.

— Ahora mismo preparamos la cena — dijo Pflug —. Confieso, pecador de mí, que me gustan las conservas. Toda la vida comería rancho en frío, pero mi mujer no me lo permite.

— ¿Quién usó mi cuchara y durmió en mi cama? — preguntó rigurosamente Ierijonski, acercándose a la mesa —. ¿Quién estuvo aquí de visita?

— Lo sabes — dijo Van — ¿Para qué preguntas?

— Pedí que nadie tocara mi máquina.

Ierijonski mostró un diagnosticador portátil que se veía en un rincón. De el salía una cinta que se amontonaba en el piso.

— ¡Ay, esos amantes de la autoterapia! — suspiró Ierijonski.

— ¿Me permitirán que de un paseo por los alrededores? — preguntó Pavlysh —. Lo sé todo y no me alejare mucho de la casa, no me bañare en el mar ni luchare contra los dragones. Contemplaré el ocaso y volveré enseguida.

— Vaya — dijo Van —, pero no se ocupe de investigaciones por su cuenta, aunque antes no había aquí dragones.

Pavlysh se dirigió hacia al adaptador.

El sol se apretaba contra la ladera del monte, que cubría la mitad del cielo. La nevada era más espesa, y Pavlysh hubo de bajarse la visera.



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