Corría por el borde mismo de la orilla, el hielo crujía bajo sus pies, y se le antojó ver por un segundo una cara en la negra portilla del refugio… Si lo habían visto, abrirían la puerta.

La escotilla estaba abierta. Pavlysh la cerró rápido, apoyó contra ella la espalda y se esforzó por recuperar el aliento. Ya no le faltaba más que apretar el botón, dejar entrar el aire al adaptador y abrir la escotilla interior. Cuando lo contara todo, seguro que Van le diría: «Ya le advertí que fuera prudente».

Pero Pavlysh no tuvo tiempo de tender la mano hacia el botón de la toma de aire, cuando se dio cuenta de que la escotilla exterior se abría lentamente.

Lo más sensato en aquel instante habría sido cerrarla. Tirar de la palanca y cerrarla. Pero Pavlysh había perdido la presencia de espíritu. Vio que un brillante tentáculo negro se había asido al borde de la escotilla. Y se precipitó adelante para abrir la escotilla interior y ocultarse en el refugio. Sabía que la escotilla interior no se abriría hasta que el adaptador se hubiese llenado de aire, pero confiaba en que los de dentro sabrían ya todo lo que estaba sucediendo y, por ello, desconectarían el equipo automático.

La escotilla no cedía. El adaptador se puso más oscuro. La tortuga llenaba toda la portilla exterior. Pavlysh se volvió, apretó la espalda contra la escotilla interior y levantó las manos a la altura del pecho, aunque comprendía que los tentáculos de la tortuga serían más fuertes que su brazos. Todo lo decidirían unos segundos, ¿habrían comprendido por fin allí dentro lo que ocurría?

En el adaptador se encendió la luz. Pavlysh veía que la tortuga cerraba la escotilla exterior, asiéndose a ella con un tentáculo. Otro descansaba sobre el interruptor. Resultaba que la luz la había encendido la tortuga.

— Lo vengo siguiendo desde el géiser mismo — dijo la tortuga —. ¿Es qué no se dio cuenta? ¿Tal vez se asustara?



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