
El dueño y señor del lugar ofrecía un aspecto un tanto estremecedor, pero no puso atención alguna en el intruso.
Pavlysh no pudo observarlo como lo habría deseado porque aquel ser se movía por la sombra de la ladera. Se parecía, más que a cualquier otra cosa, a una tortuga de un metro de altura. Sus patas no se veían.
Comprendió Pavlysh que la tortuga no se dirigía simplemente a la orilla, sino hacia el refugio, cortándole el camino de regreso. Se detuvo indeciso. Tal vez fuera una coincidencia casual, y la tortuga no lo hubiera descubierto, aunque también pudiera ocurrir que lo fingiese.
La tortuga llego a una pequeña torrentera de unos dos metros y al instante aparecieron de debajo del caparazón dos brillantes tentáculos que recordaban sierpes; se asió con ellos a las desigualdades de las piedras, salto con facilidad, pendió por un segundo, balanceándose suspendida de los tentáculos, y pasó a la plazoleta junto al geyser. Pavlysh comprendió que la tortuga tenía varias patas, gruesas, fuertes y ágiles.
La tortuga había fingido. No era ni torpe ni lenta. Únicamente aparentaba serlo. Cauteloso, para no llamar la atención del monstruo, Pavlysh tomó a lo largo de la orilla, confiando en que la tortuga solo llegaría a cortarle el camino. Como si hubiera adivinado las intenciones del hombre, la tortuga se deslizó veloz pendiente abajo, ayudándose con sus tentáculos y extremidades, y entonces Pavlysh, presa de un miedo irracional ante la fuerza cruel y primitiva que emanaba del monstruo, echó a correr. Sus pies resbalaban en los guijarros, y la nieve le azotaba la visera.
