
— Estaba en el cráter del volcán — dijo Niels —, regrese hace una hora. Utilicé el diagnosticador porque hube de trabajar en condiciones de grandes temperaturas. Luego te lo contaré todo. Ahora, decidme que hay de nuevo. ¿Ha llegado el correo de la Tierra?
— Tengo una carta para ti — respondió Pflug —. Cuando termine de guisar, te la daré.
— Bien. Mientras, utilizare la radio — dijo la tortuga y se deslizó hacia el aparato, que se hallaba en un rincón —. He de hablar con Dimov y con los sismólogos. ¿Hay algún sismólogo ahora en la Estación?
— Todos están allí — respondió Van —. ¿Qué pasa? ¿Habrá terremoto?
— Un terremoto catastrófico. Puede que toda esta isla salte por los aires. No, hoy la presión es todavía soportable. Quisiera cotejar algunas cifras con los sismólogos.
Niels conectó la emisora. Llamó a Dimov y, luego, a los sismólogos. Soltaba cifras y formulas con tanta rapidez como si las tuviera dispuestas por capas en su cerebro, atadas cuidadosamente con hilo de palomar, y Pavlysh pensó en lo pronto que se desvanecía el miedo. Acababa de decirse, mentalmente: «Niels ha conectado la emisora», pero hacía quince minutos huía a todo correr, para que Niels no se lo tragara.
— Drach se parecía a él. Y Grunin también. ¿Recuerda que Dimov le habló de ellos? — dijo en voz baja Ierijonski.
— Al amanecer vendrá un flayer con un sismólogo — anunció Niels y desconectó la radio —. Dimov ha pedido que advierta a los submarinistas.
— ¿Puedes localizarlos? — preguntó Van a Ierijonski.
— No — Ierijonski parecía preocupado —. Sandra nunca toma consigo la radio. Dice que la estorba.
— ¿En donde vive usted, Niels? — preguntó Pavlysh.
— No necesito vivienda — respondió Niels. No duermo. Y apenas si como. Todo el tiempo estoy en movimiento. Trabajo. A veces vengo aquí, cuando me siento muy solo. Mañana quizás vaya con ustedes a la Estación.
