Cenaron rápidamente y luego se tendieron en unos colchones en el compartimiento trasero del refugio. Niels se quedo en el delantero, junto a la radio. Leía. Al retirarse para dormir, Pavlysh lo miró. Aquel hemisferio de un metro de altura, cubierto de rasguños, mordido por el calor y los ácidos, golpeado por las piedras, se había arrimado a la pared, sujetaba contra ella con dos tentáculos un libro y pasaba de vez en cuando la página con otro, que aparecía rápido como un rayo de debajo del caparazón y volvía a ocultarse en el.

En el dormitorio reinaba la penumbra. Pflug resoplaba. Ierijonski dormía como un bendito, las manos cruzadas sobre el vientre. Van hizo sitio a Pavlysh.

— Ya es hora de dormir — dijo Niels tras el tabique.

— ¿Te preocupas por nuestro régimen de vida? — le preguntó Van.

— No — contesto Niels —. Simplemente me agrada poder decir unas palabras a alguien. No formulas u observaciones, sino algo corriente. Por ejemplo: Masha, pásame la compota. O bien esto otro: Van, duerme, que mañana hemos de levantarnos temprano.

Pavlysh lo estuvo pensando unos minutos y, luego, preguntó a Van:

— ¿Esta Marina Kim muy lejos de aquí?

Van no respondió. Seguramente había agarrado el sueno.


Despertó a Pavlysh una sacudida sísmica. Los demás se habían levantado ya. Pflug, metiendo ruido con sus latas, se disponía a salir de caza.

— Pavlysh, ¿te has despertado ya? — preguntó Ierijonski.

— Voy.

De detrás del tabique llegaba el aroma del café.

— Lávate en la jofaina — dijo Ierijonski.

La jofaina se hallaba junto a la ventana que daba al mar. El agua de la jofaina estaba fría. La orilla había cambiado de modo extraño durante la noche. Se hallaba cubierta de nieve, la laguna se había helado hasta los arrecifes mismos, contra los que rompían las olas, y por la capa de nieve que cubría la coraza de hielo se arrastraba Niels, dejando en pos una huella extraña, como si por nieve virgen pasara un carro.



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