Dimov se tragó el café de golpe, se quemo y por unos segundos se le corto la respiración. Por fin recobró el aliento y dijo:

— Ahora hubiera podido perecer, y todos habríais sentido alivio.

— No le hubiésemos dejado perecer — objeto Pavlysh —. Soy reanimador. En el peor de los casos, lo habría congelado para llevarlo a la Tierra.

Goguia se dirigió al monte, prometiendo que regresaría al cabo de una hora. Dimov comunico con la Estación para tomar disposiciones que no había podido dictar antes porque salieron de allí muy temprano. Ierijonski se enfrascó de nuevo en el estudio de las cintas del diagnosticador. Van desmontaba un aparato. Los hombres que se habían quedado en el refugio hacían un trabajo cotidiano, pero a cada instante allí, bajo la cúpula, aumentaba la tensión, y aunque nadie decía nada, hasta Pavlysh se daba cuenta. Los submarinistas habrían debido llegar hacía ya una hora, pero no aparecían…


La segunda sacudida se produjo una hora aproximadamente después de la llegada de Dimov. Van, que estaba de guardia junto a la radio, dijo a Dimov:

— Niels transmite que la emanación de gases ha aumentado. La escalada es superior a la presupuesta.

— ¿Tal vez debamos evacuar el refugio? — dijo Ierijonski —. Podríamos quedarnos Niels y yo.

— ¡Tonterías! — protesto Dimov —. Van, pregunta a los sismólogos cuales son las perspectivas para la isla.

La tierra retemblaba levemente bajo los pies, y parecía como si alguien intentara salir de debajo de ella.

— Si se produce aquí una erupción, el torrente de lava deberá fluir por la vertiente opuesta. Claro que no se puede garantizar nada.

Regresó Goguia con las películas retiradas de los registradores.

— ¡Es para volverse loco! — exclamó sin ocultar su entusiasmo —. Somos testigos de un cataclismo de gran envergadura. ¡Que erupción! ¡No pueden imaginarse lo que sucede en el océano!



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