Después de desayunarse, Pavlysh se vistió y salió al exterior. El sol había aparecido de detrás de las nubes, y la nieve se iba derritiendo. Sobre la negra ladera, cubierta de barro, flotaba un leve vapor. La nieve crujía bajo las suelas.

Pflug estaba sentado en cuclillas y escarbaba con un cuchillo la nieve.

— Hoy haremos, por lo menos, tres descubrimientos — dijo a Pavlysh. Su voz sonaba entusiasmada en el casco laringofónico.

— ¿Por que solo tres? — preguntó Pavlysh.

— Esta la octava vez que vengo aquí, y cada una encuentro tres familias que la ciencia desconoce ¿acaso no es maravilloso?

En el cielo apareció el punto negro de un flayer. El sol achicharraba, y Pavlysh amenguó la calefacción individual. Una nube blanca bogaba lentamente por el cielo, y el flayer pasó por debajo de ella, descendiendo hacia el refugio.

Llegaron Dimov y el sismólogo Goguia.

Dimov saludó a Pavlysh y le preguntó:

— ¿Dónde esta Niels?

— Seguramente habrá ido al cráter.

— Malas noticias — terció Goguia. Era joven y flaco y le salían los colores por menos de nada —. Niels tenía razón. La presión sobre la corteza crece más rápidamente de lo que creíamos. El epicentro se encuentra a unos diez kilómetros de aquí. La Estación no sufrirá.

Goguia señaló hacia el sol. El océano aparecía tranquilo, en la laguna se había formado una calva de agua, y sobre ella flotaba un leve vaho.

— Procuraré enlazar con Niels dijo Goguia y se dirigió al refugio Dimov y Pavlysh lo siguieron.

— ¿Quién habría podido figurarse — dijo Ierijonski, al ver a Dimov — que nos organizarías hoy mismo un terremoto?

Tenía en la mano una taza de café que despedía vapor, como un geiser.

— Pásame la taza — pidió Dimov —. Seguro que el café lo habéis hecho para las visitas, ¿no es eso?



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