
— Niels pidió que le transmitiera los datos del pronostico.
— ¡Venga!… ¡Sí, bravo por Alan! ¡Venir precisamente aquí! ¿Sabe, Pavlysh? yo tengo más fe en los pájaros que en nuestra canoa. Si Alan no hubiese venido, habría tenido que enviarlo a usted en el flayer.
— Habla la Cima. La Cima llama al refugio — dijo el receptor.
— ¿Quién escucha?
— El refugio escucha — respondió Pavlysh.
Dimov se acerco.
— Aquí Saint-Venan. Salimos.
— Bien — dijo Dimov —. No se olviden de tomar consigo la radio.
— ¿Comprende? — agrego Dimov, volviéndose hacia Pavlysh —, nuestras emisoras son buenas para los geólogos y otros habitantes de tierra firme. Se la cuelgan de pecho y andando. Pero son incomodas para las bioformas. A la más mínima, procuran deshacerse de ellas. En efecto, ¿para qué quiere una bioforma volante trescientos gramos de peso? Para ella, cada gramo es superfluo.
Pflug regreso al refugio. Estuvo un buen rato afanado en el adaptador, suspiraba, hacía ruido con sus botas y, por fin, se metió con dificultad por la escotilla.
— Ha sido un día pasmoso — dijo cuando disponía sobre la mesa sus trebejos —. Tres normas, tres normas, por lo menos. Ejemplares rarísimos, y ellos mismos salen a la orilla.
Vio que Pavlysh estaba atendiendo la radio y dijo:
— Vi como partía la canoa. Pero no me dio tiempo de preguntar nada. ¿Aún no han llegado los submarinistas?
— Prepara, por si las moscas, el botiquín — dijo Dimov.
