— Podré aguantar algún tiempo — dijo Pavlysh —. Abrid la escotilla inferior.

Niels saltó el primero a la cubierta y, moviendo con precaución sus extremidades, se dirigió hacia la cabina. Los tentáculos pendían a los lados del caparazón. Niels se autoprotegía con ellos. No sabía nadar y, de caer, podía hundirse como una piedra. La profundidad era allí bastante considerable. La canoa, con el flayer montado en ella como a caballo, volaba lentamente sobre las olas.

Pavlysh levantó la cabeza, buscando a los pájaros. Pero no los vio.

Goguia quedó inmóvil junto a la escotilla, sin saber que debería hacer. Los pasajeros se ocultaron uno tras otro en la cabina. Pavlysh preguntó a Van:

— ¿Sin novedad?

— Sí.

— Ponme en comunicación con Dimov.

— Te escucho, Slava.

— Querría bajar con Niels. Soy un buen submarinista, mejor que muchos. Puedo ser útil.

— No — dispuso Dimov —, quédate en donde estas. Puede ocurrir que seas más necesario como piloto.

Pavlysh puso en marcha el motor. El flayer alejándose por la tensión, apartó las patas del inclinado lomo de la canoa y cobró altura bruscamente. La canoa se abatió con gran ruido sobre el agua, brinco como si alguien jugara con ella a las taguitas y luego se ocultó bajo el agua.

Cuando se había elevado ya unos cien metros, Pavlysh vio unos espumeantes remolinos entre los que se veían los puntos negros de las cimas de las dos rocas.

Pavlysh llamo a Alan. Era el único pájaro que llevaba consigo radio.

— Dale las gracias a Marina. Nos ha guiado con toda precisión.

Quería repetir una vez más aquel nombre. Comprendió de pronto que no sentía ya nada que pareciera estupor, espanto, repugnancia o dolor.



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