
Goguia se aparto de sus aparatos, se sentó al lado de Pavlysh y dijo:
— En fin de cuentas, no envidio a Ierijonski. Eso de amar a una mujer que es la mitad pez…
— Pero ella puede siempre recobrar su anterior apariencia.
— Es difícil. Sandra no es del todo bioforma. A los submarinistas los prepararon antes de Guevorkian. Además, ella no querría. A Sandra le gusta su vida. Está loca por el océano. Seguro que algún día le contarán su historia. Es muy romántica. Se conocieron cuando Sandra trabajaba ya en Nairi. Ella vino en cierta ocasión a Tbilisi, a una conferencia, y allí se encontró con Ierijonski… y… ¿se imagina? Él, cuando lo supo todo, quiso disuadirla. En vano. En fin, ¿qué diría usted? Él mismo vino a trabajar a Proyecto para estar cerca de ella.
Goguia exhaló un suspiro.
— ¿Podría usted amar a una submarinista? — preguntó Pavlysh.
— ¿Qué sé yo? En Kutaisi vive mi joven mujer. Una mujer de lo más corriente. Muy bonita. Cuando vayamos al Laboratorio le mostraré su foto. Me ha enviado una carta que pesa tres kilos.
— Y por ejemplo… — Pavlysh señalo hacia los pájaros, que planeaban en el cielo.
— Eso es otra cosa — dijo Goguia —. Alan tiene una hija que trabaja en nuestro instituto. Eso es temporal. Como un disfraz. Llegas a casa, te lo quitas y a vivir se ha dicho.
— ¡Aja! — exclamó la voz de Dimov —. ¡Descubrimos la brecha!
Pavlysh tenía conectado el receptor y desconectada la emisora, para que su conversación con Goguia no estorbara a los demás.
— ¿Qué quiere que le diga? — continuo Goguia —. ¿Ha estado en el cuarto de Van?
— Me alojaron allí.
— Muy bien. Es una habitación espaciosa. Con mucha luz. Allí cuelga en la pared un retrato de Marina Kim. ¿No se dio cuenta?
Goguia no miraba a Pavlysh y no pudo ver como le salían los colores.
