
Volvieron a reunirse en la amplia y cómoda cama, donde Jack la atrajo hacia sí y ella se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su hombro. A menudo pasaban un rato así antes de dormirse, hablando de lo que había sucedido durante el día, de los sitios donde habían estado, las personas que habían visto y las fiestas a las que habían asistido. Ahora, Maddy trató de adivinar lo que se proponía el presidente.
– Te he dicho que te lo contaré en cuanto pueda, así que deja de hacer conjeturas.
– Los secretos me vuelven loca -dijo ella con una risita.
– Tú me vuelves loco -repuso él, haciéndola girar con suavidad y sintiendo la suavidad de su piel bajo el camisón de seda.
Nunca se aburría de ella, ni dentro ni fuera de la cama, y le regocijaba saber que era toda suya, en cuerpo y alma, no solo en la cadena de televisión sino también en el dormitorio. Sobre todo allí, Jack parecía sentir un apetito insaciable por ella, y en ocasiones Madeleine tenía la sensación de que iba a devorarla. Amaba todo lo relacionado con ella, estaba al tanto de lo que hacía y le gustaba saber dónde se encontraba en cada momento del día y qué estaba haciendo. Y tenía mucho que decir al respecto. Pero en lo único que podía pensar ahora era en el cuerpo del que jamás se hartaba, y mientras la besaba y estrechaba con fuerza, ella emitió un suave gemido. Nunca se quejaba de la forma ni de la frecuencia con que él la buscaba. Le gustaba que la deseara tanto y le complacía saber que seguía excitándolo con la misma intensidad que al principio. Todo era muy distinto de lo que había vivido con Bobby Joe, que solo quería usarla y herirla. Lo que excitaba a Jack era la belleza y el poder. Haber «creado» a Maddy lo hacía sentirse poderoso, y «poseerla» en la cama lo volvía prácticamente loco.
