Allí tenía un despacho con paredes de cristal, una secretaria y un asistente de investigación. Greg Morris ocupaba un despacho ligeramente más pequeño, cercano al de ella. La saludó con la mano al verla entrar, y un minuto después apareció con una taza de café.

– Buenos días… ¿o no? -La observó y le pareció detectar algo raro cuando ella lo miró. Aunque era difícil notarlo para quien no la conociera bien, Maddy estaba bullendo por dentro. No le gustaba enfadarse. En su vida anterior, la furia había sido un presagio de peligros, y ella no lo olvidaba.

– Mi marido acaba de tomar una «decisión ejecutiva». -Miró a Greg con manifiesta rabia. Él era como un hermano para ella.

– Vaya. ¿Estoy despedido? -Greg bromeaba. Sus índices de popularidad eran casi tan altos como los de ella, pero con Jack, nadie podía estar seguro de su posición. Era capaz de tomar decisiones súbitas, aparentemente irracionales y no negociables. Pero, que él supiera, Greg le caía bien a Jack.

– No es tan dramático, gracias -se apresuró a tranquilizarlo Maddy-. Le dijo a la primera dama que yo participaría en su Comisión sobre la Violencia contra las Mujeres sin molestarse en consultarme antes.

– Creí que te gustaban esas cosas -dijo Greg arrellanándose en el sillón situado delante del escritorio mientras ella se sentaba elegantemente en su silla.

– Esa no es la cuestión, Greg. Me gusta que me consulten. Soy una adulta.

– Seguramente pensó que querrías hacerlo. Ya sabes lo tontos que son los hombres. Olvidan pasar por todos los pasos entre la a y la z y dan ciertas cosas por sentadas.

– Sabe cuánto detesto que haga eso. -Pero los dos sabían también que Jack tomaba muchas decisiones por ella. Las cosas habían sido siempre así. Él insistía en que sabía qué era lo mejor para Maddy.



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