
– Es un idiota, pero no un asesino. Apostaría mi vida a que es así -respondió con calma, y Maddy se enfureció aún más.
– ¿Desde cuándo sois tan buenos amigos? ¿Cómo demonios sabes lo que le hizo? No tienes ni idea de lo que es vivir así.
Sentada a la mesa de la cocina, lloró por una mujer que apenas conocía pero que había recorrido el mismo camino que ella. Maddy sabía que era una de las afortunadas sobrevivientes. Janet no había tenido tanta suerte.
– Sé lo que es vivir así -respondió él con suavidad-. Cuando me casé contigo, tenías pesadillas espantosas y dormías en posición fetal, protegiéndote la cabeza con los brazos. Lo sé, pequeña, lo sé… Yo te salvé…
– Sé que lo hiciste -respondió ella, sonándose la nariz y mirándolo con tristeza-. Nunca lo olvidaré… Pero siento compasión por Janet… Piensa en lo que habrá sentido antes de suicidarse. Su vida debió de ser un horrible martirio.
– Supongo que sí -dijo él con frialdad-, y lo lamento por Paul y los niños. Será un duro trance para todos. Espero que la prensa no se ensañe con el caso.
– Yo espero que algún reportero joven lo investigue y saque a la luz lo que él le estaba haciendo. No solo por ella, sino por todas las mujeres que siguen vivas y se encuentran en la misma situación.
– Es difícil entender por qué no se marchó si las cosas iban tan mal como decía. Podría haberlo dejado. No necesitaba suicidarse.
– Puede que ella creyera que sí -sugirió Maddy, comprensiva. Pero Jack permaneció impasible.
– Tú escapaste, Maddy. ¡Ella podría haber hecho lo mismo! -dijo con firmeza.
– Tardé ocho años en decidirlo, y tú me ayudaste. No todo el mundo tiene tanta suerte. Y yo escapé por los pelos y con la ayuda de Dios. Si hubiera seguido un año más con él, tal vez me habría matado.
