
En las revistas el cielo sobre Cabo Kennedy es de un azul más puro y más lujoso que el que nosotros vemos cada día, y en él los cohetes Saturno acaban perdiéndose como puntas casi invisibles sobre una nube blanca, curvada, que casi parece una nube cualquiera en el cielo del verano. "Usted puede llevar ahora el reloj cronómetro Omega que usan los astronautas del proyecto Apolo". Mi tía Lola le regaló a su marido un reloj cronómetro Omega para el día de su santo y antes de entregárselo vino a casa para que lo vieran mi madre y mi abuela, y abrió la caja y separó con sus dedos de uñas pintadas el papel de gasa que lo envolvía con tanto cuidado y misterio como si abriera el cofre de un tesoro.
Ahora mismo, la nave viaja en silencio, no en el cielo azul, sino en el espacio oscuro, y los astronautas se han liberado de la fuerza de la gravedad y flotan lentamente en la estrechura de la cápsula, girando con el impulso de un brazo o de una pierna, como si nadaran, como yo quisiera flotar para librarme del tacto pegajoso de las sábanas en las que mi sudor forma manchas más visibles y menos duraderas que las manchas amarillas que aparecen todas las mañanas, cuando me despierto por culpa de una sensación de humedad y frío en las ingles y recuerdo el sueño que ha provocado como una descarga eléctrica el breve estertor de la eyaculación.
La polución, dice el padre confesor, la polución nocturna, involuntaria y sin embargo no exenta de pecado.
No exenta, dice el confesor en la penumbra, mientras yo, arrodillado, las manos juntas, los codos en el marco de madera ancha del confesonario, mantengo la cabeza baja y los ojos entornados y sólo veo el brillo del tejido negro de la sotana y la gesticulación de las manos pálidas, que son suaves como manos de mujer pero tienen nudillos gruesos y pelos fuertes en el dorso muy blanco. De la penumbra sale un olor a colonia y a tabaco, un olor a aliento demasiado cercano.
