
– Padre, me acuso de haber cometido actos impuros.
– ¿Solo o con otros? -Solo, padre.
– Cuántas veces.
– No me acuerdo.
– ¿Aproximadamente? Los pasos se han detenido, en el rellano del piso inferior, pero las voces son más fuertes, retumbando en el eco de la escalera, exageradas por el malhumor de no haber obtenido respuesta, repitiendo mi nombre. Es mi abuelo quien me llama, y no habría necesitado escuchar su voz para reconocerlo, me habría bastado el sonido fuerte de sus pasos en los peldaños de baldosas con los filos de madera. Tan distintos como las voces son los pasos, su resonancia, su cadencia, su ritmo mientras suben, el grado diverso de esfuerzo, el peso corporal que cada uno descarga sobre los peldaños, la energía o la fatiga. Los tacones altos de mi tía Lola repican con un ritmo festivo cada vez que viene de visita a nuestra casa, y enseguida se oye el rumor de sus pulseras y llena el aire la fragancia de su agua de colonia, que disuelve transitoriamente los olores habituales, el del estiércol en la cuadra, el del grano almacenado, el olor a trabajo y fatiga con que mi padre y mi abuelo vuelven del campo al final del día. Los astronautas esperan el momento de la ignición de los motores de la tercera fase. De nuevo tendrán que atarse las correas, de nuevo sentirán el plomo de la inercia, antes de volverse ingrávidos del todo, quizás con náuseas, por el desconcierto de moverse sin arriba ni abajo. Durante los cinco minutos que dure la explosión el peso de sus cuerpos, ahora tan liviano, multiplicará por cuatro el que tenía en la Tierra.
Imagina que pesaras de pronto doscientos cuarenta kilos. Los pasos de mi abuelo retumban fuertes y seguros, tan recios como su voz, delatando su estatura grande y su peso fornido, que excluye la prisa igual que la fatiga.
Mi abuelo tiene los pies muy grandes y el empeine levantado, y ahora, en verano, calza unas alpargatas de lona con la suela de cáñamo, que amortigua y hace más grave el sonido de sus pasos.
