
He ido asistiendo a las bodas de mis tíos desde los tiempos más borrosos de la infancia, y cada vez que uno de ellos se ha marchado esta casa parecía volverse más oscura y más grande. Mi tío Luis, mi tía Lola, mi tío Manolo, mi tío Pedro, el más joven, el último de todos. El año pasado, antes de casarse, cuando mi tío Pedro aún vivía con nosotros, llegó un día con la gran idea de que iba a instalar una ducha, "como las de las películas", dijo. "Pero cómo va a haber ducha, si ni siquiera hay grifo", dijo mi padre, con una punta de sarcasmo que hasta yo distinguí y que contrarió hondamente a mi madre. Su marido, pensaría, siempre quitándole mérito a la familia de ella, desdeñoso de las ideas y de los méritos de sus hermanos. "?Y quién dice que haga falta un grifo para poner una ducha?", dijo mi tío, que poco tiempo atrás había entrado como soldador en el taller de carpintería metálica y miraba ya con cierto desdén a los que aún seguían trabajando en el campo. "Mañana a estas horas estaremos tan frescos como si nos hubiéramos ido todos a la playa". "Qué talento", dijo mi madre, mirando de soslayo a mi padre, con reprobación y alivio de que su hermano fuese a prevalecer en la disputa, "si el pobre no hubiera tenido que dejar la escuela tan pronto, adónde habría llegado".
