
– ¿Qué? -grito desde la cama.
– ¿Cómo que qué? ¿Es que no me oías? -Estaba dormido.
– Pues espabila y baja, que te están buscando.
Mejor que no suba y no vea la cama en desorden y los libros y las revistas en ella, que no perciba el olor húmedo que quizás todavía inunda el aire y que sin duda se superpone al del sudor y al de la falta general de higiene, porque en esta casa no hay ducha ni lavabo ni cuarto de baño, y ni siquiera agua corriente. Aproximadamente cuántas veces, pregunta el padre confesor, el padre Peter, que es también el encargado de las proyecciones de cine. Yo me quedo en silencio, sin saber qué contestarle, incapaz de hacer el cálculo. Cuántas veces me he despertado en mitad de la noche con una sensación de frío y humedad en el vientre y con el recuerdo fragmentario de un sueño de turbia y pegajosa dulzura. Cuántas veces, recién acostado, de noche, o en la penumbra de la siesta, he recordado una imagen, una cierta postura, el hueco de un escote, he empezado a pensar en una escena de una película o en un pasaje de un libro y me he ido dejando llevar, con una excitación tan intensa como el remordimiento anticipado que no llega a malograr del todo la delicia del primer espasmo. Y luego el tacto mojado, el olor, la mancha que al secarse se volverá amarilla.
