Cada traje, en sí mismo, es ya un vehículo espacial. Hace unos años, durante más de una hora, flotaste en el vacío a una distancia de doscientos kilómetros sobre la Tierra, unido a la nave tan sólo por un largo tubo que te permitía respirar: no recuerdas miedo ni vértigo, tan sólo una sensación de perfecta quietud, moviéndote sin peso, extendiendo brazos y piernas en medio de la nada, golpeado imperceptiblemente por las partículas del viento solar. Con los ojos cerrados me imagino que soy ese astronauta. No veo estrellas, sólo una oscuridad en la que nada existe, ni cerca ni lejos, ni arriba ni abajo, ni antes ni después. Veo la curvatura inmensa de la Tierra, resplandeciendo azul y blanca y moviéndose muy despacio, las espirales de las nubes, la frontera de sombra entre la noche y el día. Pero ahora no quiero estar flotando en el espacio. Ahora cierro los ojos y alimento con datos minuciosos la imaginación para encontrarme en el interior de la nave Apolo Xi, en el segundo mismo del despegue. Controlas parcialmente el movimiento de los párpados, membranas tan delgadas deslizándose sobre la curvatura húmeda del ojo, y los músculos que mueven los globos oculares, y que por mucho que los fuerces no te dejan ver nada ni a derecha ni a izquierda. A tu derecha

y a tu izquierda están los otros dos viajeros, tan rígidos como tú en el interior de sus trajes y de sus escafandras, tendidos en la misma posición, atados por los mismos cinturones elásticos y cepos de titanio, encerrados contigo en el espacio cónico de una cámara rica en oxígeno y llena de cables, interruptores, conexiones eléctricas, una trampa explosiva, que se puede convertir en una bola de fuego si saltara la chispa nada improbable de un cortocircuito. Otros han muerto así, en un espacio tan estrecho y tan sofocante como éste, en esta misma posición que ya tiene de antemano algo de funeraria. El que estaba más cerca de la escotilla intentó desbloquear la palanca que la mantenía cerrada y no pudo, y un instante después todo el oxígeno explotaba en una sola llamarada. Láminas de metal retorciéndose al rojo vivo, humo tóxico de aislantes y fibras sintéticas, plástico derretido que se adhiere a la carne quemada y se mezcla con ella.



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