
La cápsula está situada en el pináculo de un cohete veinte metros más alto que la estatua de la Libertad, cargado con siete mil toneladas de hidrógeno líquido tan inflamable que su superficie exterior está cubierta por láminas de hielo artificial que han de mantener baja su temperatura en el calor húmedo de los pantanos de Florida. Pero no tienes sensación de calor, a pesar del traje, de la escafandra, de los tres cuerpos tumbados uno junto a otro en la estrechura cónica, cada uno con su pulso secreto, con sus parpadeos, la sangre de cada uno fluyendo a una velocidad ligeramente distinta. Una red capilar de tubos delgadísimos permite que un flujo permanente de agua fría circule por el interior del traje espacial y lo mantenga refrigerado. Aire fresco, ligeramente oloroso a plástico, circula con suavidad sobre la piel, roza la cara, los dedos en el interior de los guantes, las yemas de los dedos que golpean de manera instintiva, con impaciencia controlada, que también registran los sensores. Pero no es aire exactamente: es sobre todo oxígeno, el sesenta por ciento, y el cuarenta por ciento nitrógeno. Cuanto más oxígeno haya mayor será el peligro del fuego.
El aire olía a sal y quizás a algas y a cieno de pantanos incluso desde la altura de la pasarela que conducía a la escotilla abierta, a ciento diez metros sobre el suelo. No había un punto más alto en toda la amplitud de las llanuras y las ciénagas que se prolongan hasta el horizonte del mar.
El olor marino del aire quedó cancelado justo al mismo tiempo que el ajuste de la escafandra al ancho cuello rígido del traje espacial abolió todos los sonidos.
