Ya parecía otra persona, regresado de un viaje tan largo, alejándose hacia una vida adulta que para mí era tan extraña como la casa en la que desde entonces iba a vivir con su mujer, pero cuando me dio el libro tuvo un gesto de complicidad hacia mí que me hizo acordarme con gratitud de cuando yo era mucho más pequeño y él me compraba tebeos, o de cuando volvía por la noche, se desnudaba en la oscuridad, se metía en la cama y empezaba a contarme la película que había visto esa noche en el cine.

3

Me he vestido -la camisa, el pantalón largo, las sandalias- y he bajado hacia el mundo de ellos, desde la planta más alta de la casa, donde sólo yo vivo desde que mi tío Pedro se casó. Cruzo la planta en penumbra de los dormitorios de los mayores, en la que también están las vastas cámaras en las que se guarda el grano y en las que se extienden a secar los jamones y las grandes lonchas de tocino envueltos en sal después de la matanza y se alinean las orzas de barro con manjares conservados en aceite: tajadas de lomo, costillas, ristras de chorizos reventones y rojos. Bajo hacia los portales, hacia donde sucede la vida diurna de los adultos y del trabajo, donde está la cocina, la habitación de invierno que llaman el despacho, la cuadra de los mulos, el corral con la parra y el aljibe, con la caseta del retrete. En el corral también está el pozo de donde sacamos el agua salobre que sirve para lavarse y para regar las plantas y dar a los animales, y al fondo del todo las jaulas para los conejos y los pollos, la cuadra más pequeña en la que están los cerdos y alguno de los becerros que cría mi padre. En esa cuadra, olorosa de estiércol, hay un rincón mullido de paja en el que ponen sus huevos las gallinas y en el que se sientan a veces con ademán augusto para empollar. Antes de cenar me mandan a ver si hay huevos recién puestos, y yo voy a la cuadra que hay al fondo del corral y me quedo un rato inmóvil hasta que mis ojos se habitúan a la sombra.



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