
– ¿Dónde te habías metido? -dice ahora mi madre-. Tu abuelo estaba harto de llamarte.
– Estaría mirando por el balcón para ver en el cielo a esos extranjeros que dicen que van a subir a la Luna -dice mi abuela-. Ahora que es de día y la Luna no se ve, ¿cómo encuentran el camino? -Cómo lo van a encontrar, pues con esos aparatos que llevan -dice mi madre, que se fija mucho en las películas y ha visto en el cine algunas de astronautas-. Son gente muy lista, que ha hecho muchos estudios.
Mi madre y mi abuela cosen en la cocina, cerca de la puerta entornada, por donde entra un poco de aire fresco del corral. La una frente a la otra, sentadas en dos sillas bajas, inclinadas hacia la costura en la que relumbra la claridad exterior, filtrada por el dosel de ramas y hojas de la parra.
Desde una cierta distancia parece que madre e hija se inclinan la una hacia la otra para mantener una conversación en voz baja, llena de complicidades y secretos. Siempre tienen algo en lo que ocupar sus manos cuando no están cocinando o lavando o tendiendo las camas: zurcen calcetines, repasan cuellos de camisas, cortan tela de prendas demasiado usadas para darle otros fines, para seguir aprovechando cada cosa hasta que casi se deshaga. Así miden, cortan, discuten sobre patrones, sobre estrategias ínfimas para coser mejor los bajos de un pantalón y que no se note lo gastado que está, sobre una camiseta demasiado vieja para seguir remendándola que aprovecharán para trapo de cocina, sobre el gran lienzo blanco que acaban de comprar y no saben todavía si van a convertirlo en sábana bordada o en un surtido de calzoncillos humillantes para los tres varones que quedamos en la casa, mi abuelo, mi padre y yo.
