– ¿Ahora se estudia a domicilio, tirado en la cama? No contesto nada. No vale la pena:

una vez perdido el estado de gracia ya no se recobra, igual que no se recobra la voz aguda de la niñez ni la cara lisa sin granos ni bozo ni las piernas sin pelos, ni el risueño derecho a no hacer nada mientras todo el mundo se rinde a las obligaciones agrias del trabajo. Hace sólo unos años mi abuelo me habría levantado en volandas y me habría montado con grandes fiestas sobre la burra y me habría hecho la broma de quitarse la boina y pedirme que le diera golpes en la calva, para comprobar que estaba hueca como una botija, o habría sacado por sorpresa la lengua por debajo de la sonrisa enorme de sus dientes postizos y apretados, la lengua del mismo color rosa suave que sus falsas encías. Ahora me mira como si no me reconociera, advirtiendo indicios desalentadores o alarmantes en casi todo lo que hago, en mi estatura desgarbada que de un año para otro ya se mide con la suya, en mi poca disposición para el trabajo, que él imagina agravada por la indulgencia y la falta de autoridad de mi padre.

– Tienes que ir a casa de Baltasar -dice gravemente mi abuelo-. Ha mandado razón de que quiere verte.

– ¿Pero no estaba muriéndose? -A ése no lo mata ni un rayo -dice mi abuelo, murmura más bien, sin dirigirse a mí, apretando la cincha de la burra, que lanza un suspiro quejumbroso. Luego cambia el tono y me mira con una expresión muy seria en su boca grande y apretada, en sus ojos muy claros-. Dice que quiere que le ayudes a hacer unas cuentas.

– ¿Pues no tiene un administrador? -Dice que no se fía -ahora mi abuelo le pone la jáquima a la burra, que ladea la cabeza, molesta, y parece mirar a su dueño con resignación y rencor-. Parece que ha venido un manchego a venderle unos quesos y como está algo mareado por las pastillas y las inyecciones tendrá miedo de que se aprovechen y lo engañen.



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