Cuando las imágenes ya se veían bien definidas Baltasar ordenaba con su voz grave y pastosa, “¡Apagad la luz!”, y su sobrina, la contrahecha que vivía con ellos -Baltasar y su mujer no habían tenido hijos-, daba una cojetada hasta la pared y giraba el conmutador de porcelana blanca, y la habitación quedaba sumergida en una claridad azul, como teñida de los mismos tonos azulados de la pantalla, en una irrealidad acogedora y submarina.

Veíamos películas, veíamos concursos, veíamos sesiones de payasos, veíamos melodramas teatrales, veíamos noticiarios, veíamos anuncios, veíamos transmisiones de la santa misa, veíamos partidos de fútbol y corridas de toros, veíamos series de espías o de viajes espaciales o de detectives que hablaban siempre con un extraño acento que era vagamente sudamericano, pero que para nosotros era, sin más, la manera de hablar de los personajes de las películas y de las series y de los monigotes de los dibujos animados.

Pero viéramos lo que viéramos los adultos no se callaban nunca: porque no entendían un detalle de la trama y preguntaban en voz alta quién era alguien, o quién había cometido un crimen, o quién era la mujer o el padre o el marido o el hijo de un personaje; o porque se indignaban por las canalladas de un malvado, o porque le advertían a una joven inocente del peligro que representaba para ella esa suegra de aspecto benévolo o ese pretendiente atractivo y de bigotito fino que en realidad quería asesinarla o quedarse con su herencia; o porque un torero culminaba un buen pase y le aplaudían y le gritaban olé como si estuvieran en la plaza y el torero pudiera escucharlos; o porque un delantero centro metía un gol o un portero lo paraba tirándose en diagonal hacia la esquina más alejada de la red; o porque se morían de risa con las bromas más burdas de los payasos o lloraban -las mujeres- escandalosamente si al final una novia llegaba al altar con el hombre de sus sueños, logrando escapar a las maquinaciones de la suegra falsa y malévola y del individuo torvo de bigote fino, o peor aún, de perilla.



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