Respondían a las buenas tardes de las locutoras y a las buenas noches al final de los programas, y sólo si salía el general Franco con su aire de viejecillo desvalido, su traje mal cortado de funcionario y voz de flauta se quedaban callados, muy serios, como en misa, como temiendo que si se movían desconsideradamente o no prestaban la debida atención o hacían un comentario a destiempo el Generalísimo los vería desde el otro lado de la pantalla y haría inmediatamente que cayera sobre ellos la desgracia tan sólo con un movimiento clerical de su mano temblona.

Miraban la televisión y se sentían mirados, vigilados, hechizados por ella. Si aparecía uno de aquellos conjuntos de música moderna cuyos miembros llevaban el pelo largo se dejaban llevar por la indignación y les llamaban maricones, especialmente Baltasar, que siendo el dueño del televisor y de la casa y de la voz más tronante ejercía su privilegio gritando más que nadie. Aquellos mariconazos de melenas largas y camisas de flores iban a ser la ruina de España.

Cómo se notaba que el Caudillo ya no tenía la edad ni el vigor necesarios para meterlos a todos en cintura, para raparles las cabezas como se las rapaban a las mujeres rojas después de la guerra y mandarlos a picar piedra al Valle de los Caídos. Y cuando salía una locutora guapa, de pelo rubio y liso, o una cantante con la falda muy corta, Baltasar le decía requiebros soeces con su voz grave y pastosa, "tía buena, que se te ven las bragas, ven aquí que te hurgue". Mi madre, mi abuela, mi abuelo se quedaban callados, invitados que sienten la incomodidad ante una grosería del anfitrión que no pueden reprobar en voz alta.

Su mujer, su sobrina le reñían, pero a él le daba la risa, despatarrado y rebosando el sillón de mimbre donde se sentaba para ver la televisión o para tomar el fresco por las noches, la cara y la gran papada rojiza temblando con las carcajadas, los ojos muy pequeños, entornados, brillando bajo los párpados muy carnosos que no tenían pestañas.



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