Pero no parece que le hable a Baltasar, ni a la sobrina que se ha retirado en silencio, y menos aún al hombre del blusón negro que sostiene en la mano una balanza, como esas estatuas de la Justicia. El médico enuncia algo en el tono de quien sabe que no va a ser obedecido, ni siquiera escuchado, como formulando un principio que no necesita dirigir a nadie. Ahora el médico mira la escena, desde fuera de ella, con los brazos cruzados, con una actitud de indulgencia en la que yo también estoy incluido.

Tiene el pelo gris, muy pegado a las sienes, y viste un traje claro y una pajarita. Pertenece a otro mundo, no a nuestra plaza, ni a nuestro vecindario. Ni siquiera parece que le afecte el calor. Lleva un pañuelo blanco en el bolsillo superior de la chaqueta y huele suavemente a loción o a colonia.

– Quieren engañarme -dice Baltasar, separando muy poco los labios, con los ojos casi cerrados, y el gesto de su mano abarca más allá del hombre del blusón y del médico-. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Creen que me voy a morir ya mismo y vienen para robármelo todo.

Respira más fuerte, agotado por el esfuerzo de hablar, y la mano que había alzado cae sobre el regazo como un gran pájaro muerto. Cierra los ojos y cuando vuelve a entreabrirlos sus pupilas húmedas están fijas en mí, reconociéndome.

– Pero a éste no lo engañáis -la boca se tuerce con una intención de sarcasmo-. Éste sabe más de números que todos vosotros.

El plural y la mirada sin dirección precisa de Baltasar parecen aludir a una congregación de fantasmas, no a las dos personas que estaban a su lado cuando yo entré. La boca es grande, de dientes enormes que se entreven cuando los labios forman muy despacio las palabras, dejando salir el aliento enfermo. Son como los dientes crueles de los burros cuando retraen los belfos porque están en celo o a punto de morder.



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