Si no controlan las náuseas cuando tienen puesta la escafandra podrían ahogarse con los vómitos. Hay una pila de grandes quesos encima de la mesa, sobre un lienzo blanco. Un hombre gordo, rojizo, con un blusón negro, está pesando un queso en una romana, frente al sillón de mimbre en el que al principio me parece que no hay nadie. Otro hombre, más al fondo, recoge un fonendoscopio, un termómetro, utensilios acerados de médico, y los va guardando en un maletín. Los dos me miran cuando entro con una curiosidad remota, como si la habitación fuera mucho más grande y apenas pudieran distinguir mi presencia.

– Tío -dice la sobrina, en voz baja, acercando la cara al sillón de mimbre-, aquí lo tiene usted.

Pero ese hombre no parece Baltasar: aún no está muerto y ya se ha vuelto un desconocido, en los pocos días que han pasado desde la última vez que lo vi. Ha sufrido una transformación como las de los seres monstruosos de las películas, como el hombre que se convierte en Hombre Lobo delante de un espejo o la Momia terrosa que se disgrega en polvo en un sarcófago. Su cara es ancha y grande, como siempre, pero ahora parece un odre viejo que se ha quedado vacío.

En vez del color cobrizo de la piel, quemada por tantos años de sol y amoratada por el vino y los atracones de comida, ahora veo una sustancia amarillenta y agrisada del color de las vejigas de cerdo que los niños hinchan como pelotas de goma después de las matanzas. El cuerpo entero se ha desmadejado, ha encogido y a la vez está descoyuntado, y ya apenas rebosa de los brazos y del respaldo del sillón de mimbre, que antes crujía bajo su peso enorme. Las manos no las reconozco: más pálidas que la cara, los huesos resaltando bajo la piel y las uñas que ahora son enormes. Una mano se mueve débilmente en el aire hacia mí. Me acerco al olor, a la respiración, al sudor viejo, al aliento podrido.

– No le conviene hablar, ni irritarse -dice la voz del médico, al fondo, en una zona donde la penumbra es más densa-. Tiene que ahorrar las fuerzas que le quedan.



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