Jamás un artefacto tan enorme ha intentado romper la atracción de la gravedad terrestre. Y mientras tanto el rumor continúa, pero no se convierte en estruendo, no llega a herir los tímpanos protegidos por la esfera de plástico transparente de la escafandra. Se hace más hondo, más grave, más lejano, el tren de carga perdiéndose en la noche, a la vez que los segundos se transforman en minutos en el panel de mando que está casi tan cerca de la cara como la tapa de plomo de un sarcófago. Todo tiembla, vibra, el panel de mandos delante de tu cara, el aluminio y el plástico de los que está hecha la nave, todo cruje como a punto de deshacerse, tan precario, de pronto, tu propio cuerpo se sacude contra las correas que lo sujetan y la cabeza choca contra la concavidad de la escafandra. Pero doce minutos después el temblor se apacigua y cesa del todo, y la sensación de inmovilidad es absoluta. Ya no sientes el corazón como una bola maciza de plomo en el interior del pecho, ni la zarpa de las manos sobre los muslos doblados en ángulo recto, ni los párpados como losas sobre los globos oculares. La respiración, sin que te dieras cuenta, se ha hecho más fácil, el olor a plástico del oxígeno más tenue. Algo sucede, en el interior hueco del guante de la mano derecha, y también en la punta del pie derecho: la uña del dedo gordo del pie choca contra la superficie interior acolchada de la bota, los dedos se mueven dentro del guante, sin que tú los controles. No pesas, de pronto, has empezado a flotar dentro del traje, como si te abandonaras boca arriba en el agua del mar, oscilando en el lomo de una ola. Con una sensación absoluta de inmovilidad has viajado verticalmente a once mil pies por segundo. Y algo pasa ahora delante de tus ojos, navega, entre tu cara y el panel de control, como un pez raro moviéndose muy lentamente, el guante que se acaba de quitar quien yacía a tu lado, libre de la gravedad, en la órbita terrestre que la nave ha alcanzado a los doce minutos del despegue, a trescientos kilómetros de altura sobre la curva azulada que se recorta con un tenue resplandor contra el fondo negro del espacio. El guante flota deslizándose como una criatura marina de extraña morfología en el agua tibia de un acuario.



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